Cuando lo fueron a buscar para cumplir la función de dictador lo encontraron trabajando en el campo.
Aceptó el cargo y al dÃa siguiente convocó a todos los ciudadanos a las armas.
Dividió a los hombres en legiones y se colocó al frente del ejército.
Cincinato, ordenó a sus hombres, rodear al enemigo y construir una empalizada durante la noche en el mayor de los silencios.
Los ecuos, pasaron de la noche a la mañana de ser sitiadores a estar sitiados ellos mismos por el ejército romano.
Luego, Cincinato ordenó a sus hombres proferir gritos de guerra. Los ecuos, sorprendidos, firmaron la paz, entregaron sus armas y sus jefes fueron retenidos por los romanos como rehenes para garantizar la alianza de paz.
Una vez cumplida sumisión, Cincinato volvió a trabajar en el campo, aunque podÃa haber seguido en funciones durante seis meses si hubiera querido.
Veinte años más tarde, un romano ambicioso e influyente intentó un golpe de estado. Su nombre era Espurcio Melio.
Se habÃa producido una sequÃa y el alimento escaseaba. Espurcio imaginaba que si repartÃa gratuitamente el trigo entre la plebe iba a conseguir llegar al poder y ser nombrado Cónsul. Con esta artimaña consiguió hacerse de muchos adeptos.
El Senado, viendo que la institución de la República corrÃa peligro, convocó nuevamente a Cincinato como Dictador.
Cincinato era ya un anciano de cerca de ochenta años, pero su capacidad intelectual no habÃa menguado en absoluto.
Cuando Cincinato conoció los planes de soborno de Espurcio Melio y supo además que almacenaba armas y se reunÃa secretamente con sus aliados, envió al jefe de caballerÃa llamado Senclio, para que lo buscara y lo trajera ante su presencia.
A Melio le resultó sospechosa esa invitación y rápidamente convocó a sus aliados para que lo protegieran.
Senclio, que era muy sagaz, supo adelantarse a sus intenciones, lo detuvo y ordenó su ejecución.
Cuando Cincinato se enteró de lo ocurrido, le agradeció a Senclio su intervención diciendo: Gracias a tu valor, Cayo, el estado se ha salvado.

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