- Ulises
- Ulises en la Isla de los Cicones
- Ulises en la Isla de los Lotófagos
- Ulises y Polifemo, el CÃclope
- Ulises y Eolo
- Ulises y los Gigantes
- Ulises y Circe, la Hechicera
- Ulises y las Sirenas
- Ulises y las Rocas Erráticas
- Escila y Caribdis
- Ulises y los Ganados del Sol
- Ulises y Calipso
- Ulises y la diosa Atenea
- Nausica
- Ulises ante los feacios
- Penélope y su tela
- Telémaco, el hijo de Ulises
- Ulises en su Patria, Itaca
Ulises
Ulises, también conocido como Odiseo, era rey de Itaca. Allà vivÃa junto a su bella esposa Penélope y a su hijo Telémaco. Ulises, junto a un grupo de aguerridos prÃncipes griegos, emprendió un largo viaje para tomar la ciudad de Troya. Esta ciudad rodeada por murallas era infranqueable.
Ulises que era muy inteligente, después de fracasar en varios intentos, tuvo la gran idea de construir un caballo de madera gigantesco apoyado sobre una base con ruedas que abandonó a las puertas de la ciudad de Troya. Los troyanos, deslumbrados por el gigantesco caballo, abrieron el pesado portón de la ciudad y lo empujaron dentro. Ellos no sabÃan que el caballo contenÃa una sorpresa que los llevarÃa a su fin. Dentro del caballo estaban escondidos numerosos soldados. Cuando llegó la noche y los troyanos estaban descansando, los soldados abrieron una puerta secreta y se escabulleron dentro de la ciudad. Luego abrieron el pesado portón que franqueaba la entrada para permitir la entrada del resto de las tropas griegas, que aguardaban escondidas en un bosque cercano.
Asà se logró destruir la ciudad de Troya.
Una vez cumplido su objetivo, Ulises volvió a Itaca junto a sus guerreros, pero debido a los distintos tropiezos sufridos durante la travesÃa, el viaje que debÃa demorar unas pocas semanas se convirtió en una odisea que duró diez largos años.
Aquà vamos a conocer los tropiezos y desventuras que atravesó Ulises hasta que logró llegar a su reino.
Ulises en la Isla de los Cicones
Las naves de Ulises, como todas las de la época, eran pequeñas. No tenÃan más que una vela y un puñado de remeros para impulsarlas. Trataban en lo posible, de no perder de vista la costa, para poder buscar refugio en caso de tormenta.
Muchas veces el clima les jugaba una mala pasada. En este caso, al tiempo de partir, un fuerte viento empujó las naves hacia una isla ocupada por los Cicones.
Ulises, encontró que en esa isla habÃa un gran tesoro y envió a sus hombres a recoger el botÃn. Los Cicones, rápidamente se armaron para defender sus posesiones emprendiendo una feroz lucha cuerpo a cuerpo contra los navegantes.
Como los Cicones eran muy numerosos ganaron la batalla. Ulises perdió el botÃn y muchos hombres en la lucha. Pero con los que habÃan logrado salvarse, logró huir velozmente aunque con mucha tristeza por el resultado adverso de la expedición.
Como si el cielo quisiera castigarlos por su atrevimiento, se desató una fuerte tempestad El agua entraba a raudales y las velas se hincharon por el viento hasta reventar. Varios dÃas lucharon contra las adversidades del tiempo sin descansar.
Cuando por fin, volvió la calma al mar, aprovecharon para reparar las naves y reemplazar las velas destrozadas. Pero nuevamente comenzó a soplar el viento norte alejándolos de su ruta, mar adentro y empujándolos luego hacia otra isla extraña.
Ulises en la Isla de los Lotófagos
Los lotófagos, se llamaban asà porque solamente se alimentaban con la flor del loto. Esta flor tenÃa raras propiedades. Por un lado era deliciosa como la miel, pero por otro lado producÃa efectos secundarios a los consumidores.
Los que prueban la flor del loto, inmediatamente olvidan el pasado cercano y el remoto. Tampoco recuerdan los proyectos para el futuro. Sus dÃas transcurren sin angustias ni sufrimientos, ya que no recuerdan nada, y tampoco cumplen con sus deberes y obligaciones porque han olvidado todos los proyectos. Solo pasan el tiempo, tirados sobre la playa, gozando de sus sueños dichosos mientras consumen la flor del loto.
Ni bien llegaron a la isla, Ulises envió a un grupo de hombres a investigar ya que necesitaban aprovisionarse de agua dulce y otros vÃveres.
Los lotófagos eran muy amigables. No solo los recibieron con los brazos abiertos, sino que también les dieron a probar su alimento favorito: la flor del loto.
¿Qué sucedió? Los navegantes, apenas probaron el fruto delicioso, olvidaron a Ulises, a Itaca, la tarea encomendada, las penas y sufrimientos que habÃan soportado y se tendieron sobre la playa olvidando sus obligaciones como el resto de los lotófagos, fantaseando sueños de felicidad.
Ulises, que se habÃa quedado en la nave, comenzó a preocuparse temiendo que los nativos de la isla podrÃan haberlos aniquilado y bajó a buscarlos.
Al ver lo que ocurrÃa, ya que ninguno querÃa volver a la nave y solo deseban permanecer allà tirados consumiendo la dulce flor, hizo bajar a los remeros para que lo ayudaran a arrastrarlos nuevamente a las naves, advirtiéndoles que no debÃan por nada del mundo probar ese alimento.
Los hombres lloraron y patalearon, ellos no deseaban volver a sufrir pena alguna, pero Ulises los ató fuertemente hasta que se les pasó el efecto del fatal alimento.
Las naves de Ulises siguieron nuevamente su derrotero y luego de navegar varios dÃas, vieron una hermosa isla que se recortaba sobre el horizonte, donde se detuvieron.
Ulises y Polifemo, el CÃclope
Al acercarse con las naves a la isla, pudieron divisar campos fértiles, bosques espesos y hasta un manantial de agua dulce que fluÃa entre rocas, rodeado de una arboleda que proporcionaba una sombra apacible.
Al rodearla, vio Ulises, que la isla poseÃa un puerto natural, ideal para fondear las naves y explorar ese territorio.
Al dÃa siguiente, Ulises y un grupo de doce valientes hombres, se internaron en el bosque cargados con vino, miel y otras provisiones con la esperanza de conocer a sus afortunados habitantes.
Ulises desconocÃa que esa isla estaba habitada por los CÃclopes, un pueblo salvaje que desconocÃa a cualquier autoridad y tampoco creÃa en los dioses.
Avanzando en su expedición, muy pronto encontraron una gruta oculta entre ramas de laurel. A su alrededor se extendÃa un muro de troncos y piedras de enorme tamaño. La cueva era la morada de un gigante, pero no estaba allÃ, pues habÃa salido a apacentar su rebaño de ovejas.
El refugio del gigante estaba repleto de quesos, acomodados prolijamente. Tarros y ollas para la leche y un grupo de pequeños cabritos.
Cuando los hombres vieron todas esas provisiones se dejaron llevar por la tentación y dijeron:- Tomemos estos quesos, carguemos los cabritos y volvamos a las naves.
Pero Ulises no aprobó la sugerencia.
-¿Comportarnos como ladrones? ¡Jamás! Si alguna vez conseguà un botÃn, fue luchando, no robando. Les replicó con firmeza.-Mejor esperemos a que el gigante regrese y le ofrecemos a cambio de sus quesos, nuestro vino y la miel.
Al caer la tarde, el gigante volvió a su refugio. Era un CÃclope gigante llamado Polifemo, hijo de Poseidón.
Al ver acercarse al monstruo, Ulises y sus hombres corrieron a esconderse en los rincones más oscuros de la cueva.
Polifemo penetró en la cueva seguido por su rebaño con paso tambaleante, cargando un enorme fardo de leña, que al arrojarlo hizo retumbar cada rincón de la caverna.
Luego se dirigió hacia el único acceso de la cueva y sin el menor esfuerzo, tomó una roca inmensa y con ella cerró la entrada por completo.
Polifemo, sin advertir la presencia de los intrusos, comenzó a ordeñar su rebaño, luego prendió una hoguera, que iluminó cada rincón de su morada. En ese momento, Polifemo advirtiendo la presencia de Ulises y sus hombres lanzó un grito estrepitoso que por poco los deja sordos.
-¿Quiénes son ustedes? -¿De dónde salieron? -¿Quién les dio permiso para entrar en mi casa? Preguntó enojado, el gigante.
Los hombres quedaron petrificados del susto, pero el valiente Ulises, se adelantó diciendo: -Somos guerreros del rey Agamenón de Grecia. Hemos luchado por nuestro rey en Troya y ahora volvemos a nuestra patria, pero un fuerte viento nos desvió hacia esta isla. Te pedimos que nos concedas la hospitalidad que nuestro dios, Zeus, ordena que se le otorgue a los extranjeros.
-Los CÃclopes no tenemos dioses y tampoco aceptamos órdenes de nadie. Respondió enérgico para preguntar curioso:-¿De qué lado de la isla están ancladas tus naves?
-Nuestras naves se hundieron luego de una terrible tempestad. Somos los únicos sobrevivientes del naufragio. Respondió Ulises con astucia.
Polifemo se sonrió con picardÃa. Luego avanzó hacia los hombres y tomando a dos de ellos entre sus manos, les golpeó la cabeza hasta quebrarla, luego los abrió por la mitad ayudado por un cuchillo y los asó al fuego.
Cuando estuvieron a punto, los devoró lentamente mientras sorbÃa un enorme vaso de leche. Ulises y los diez acompañantes que quedaban no podÃan creer lo que habÃan presenciado ya que la ferocidad del gigante no conocÃa lÃmites.
Apenas el gigante cayó rendido por el sueño, Ulises se reunió con sus hombres para urdir un plan que les permitiera escapar de ese monstruo. SabÃan que la solución no era matarlo, pues quedarÃan atrapados para siempre, imposibilitados de mover la inmensa roca que cubrÃa la entrada. Por otro lado, también sabÃan que si no lograban hacer algo pronto sus dÃas estaban contados.
Por la mañana, Polifemo ordeño a sus ovejas y luego volvió a matar a otros dos hombres que asó y engulló rápidamente. Mas tarde hizo salir al rebaño, y una vez afuera, volvió a cubrir la entrada con la piedra.
Ulises y sus hombres, desesperados, lamentaban su mala suerte. De pronto, Ulises vio un tronco enorme y ordenó a sus hombres afilar la punta y la endureció al fuego de la hoguera con la finalidad de hundirlo en el ojo del cruel CÃclope.
Al caer la tarde, el gigante regresó y luego de ordeñar a su rebaño, volvió a repetir su sanguinaria rutina de cenar dos hombres.
Entonces, Ulises, se adelantó para ofrecerle su vino. -Polifemo, para que tu festÃn sea perfecto debes acompañarlo de este delicioso vino. Polifemo, lo probó y vio que era delicioso.
-Nunca he probado un licor tan delicioso como este. Dijo el gigante, mientras paladeaba el rico licor.-Quiero recompensarte por tu generosidad.
-Muy bien, respondió Ulises. Si quieres recompensarme te diré mi nombre. Mi nombre es Nadie.
Polifemo lanzó una carcajada. -!Claro que te recompensaré! . Me comeré a tus hombres y te dejaré para el final. Y siguió riendo a carcajadas.
Muy pronto, el gigante cayó rendido ante el efecto del vino en un sueño profundo. Entonces, Ulises, con la ayuda de sus hombres, tomó el tronco afilado y luego de colocar su punta al fuego hasta que se puso de color rojo incandescente, lo alzaron entre todos y lo hundieron en el único ojo del gigante.
Polifemo, despertó gimiendo y maldiciendo con gritos estruendosos mientras la estaca continuaba clavada en su único ojo. Cuando logró arrancarla, deambuló ciego por la cueva tropezándose sin aliviar su dolor.
Al oÃr sus gritos, los otros cÃclopes se acercaron a la puerta de su cueva para preguntarle: ¿Qué ocurre Polifemo? ¿Alguien te ha herido?
Polifemo respondió:-¡Nadie me ha herido a traición!
-¡Pues si nadie te ha herido, para que gritas tanto! Replicaron sus hermanos, los cÃclopes, mientras se marcharon pensando que se habÃa vuelto loco.
En vano trató el gigante ciego de encontrar a Ulises y a sus hombres, ya que estos podÃan fácilmente escurrirse cuando el gigante se acercaba a tientas.
Entonces Polifemo, corrió la pesada piedra de la entrada y se instaló a custodiar la entrada esperando que desearan escapar de sus garras.
Pero el ingenioso Ulises, urdió un nuevo plan. Entre el rebaño de Polifemo, habÃa varios carneros de gran tamaño. Los sujetó con tientos de a tres y debajo del vientre de los mismos sujetó a sus hombres y luego se ató a si mismo bajo el vientre de otros tres carneros.
Cuando Polifemo dejó salir a su rebaño, les acariciaba los lomos, Sin percatarse que al salir los carneros, también escapaban los hombres.
Asà escaparon, Ulises y sus hombres de su prisión. Cuando estuvieron en un lugar seguro, cortaron las ataduras con un cuchillo y se dirigieron rápidamente a las naves, donde la tripulación preocupada los esperaba angustiada.
Después de cargar el rebaño en las naves y cuando ya se alejaban de la costa, Ulises gritó:-¡Polifemo, cuando alguien te pregunte que le pasó a tu ojo, dile que Ulises, el rey de Itaca te lo vació!
Polifemo lanzó un aullido: -Un oráculo me predijo que Ulises, rey de Itaca, me dejarÃa ciego. Pensé que serÃa un héroe majestuoso no un enano insignificante que me emborracharÃa a traición. Como has sido tan astuto te ruego que vuelvas y te trataré como mereces o mi padre, Poseidón, me vengará enviándote una maldición. Gritó envenenado de rabia.
-¡Jamás volverás a ver el sol y tu padre jamás te devolverá tu ojo! Respondió Ulises.
-Polifemo lanzó toda clase de gritos, pidiendo a Poseidón que lo vengara de Ulises, mientras arrojaba enormes piedras contra las naves.
Las piedras no le causaron ningún daño a las naves, sino que las impulsaron mar adentro, escapando de esa isla y sus crueles habitantes.
Ulises y Eolo
Ulises y sus hombres, después de tan desdichada aventura, continuaron navegando con la esperanza de regresar a su reino, Itaca.
Después de varios dÃas de navegación, vieron una extraña isla, rodeada de escarpadas rocas y protegida por una muralla de bronce.
Ulises, curioso, no pudo resistir la tentación de incursionar en lo que parecÃa ser una fortaleza impenetrable.
Ulises, ancló las naves, y apenas pisaron tierra firme, fueron recibidos por Eolo, El rey de los vientos, que gobernaba la isla.
Eolo, sabÃa muy bien quien era Ulises y le otorgó el rango de huésped. Lo agasajó con toda clase de banquetes y ceremonias en su honor.
Ulises estaba encantado, pero lo que realmente deseaba era regresar a su ansiada patria, donde lo esperaba Penélope, su esposa y su hijo Telémaco.
Eolo comprendió el deseo de Ulises y quiso hacerle un gran regalo. Entonces, encerró a todos los vientos, menos al viento del oeste, en un gran cuero de buey. Luego cerró fuertemente la boca del cuero, atándola con hilos de plata y se lo entregó a Ulises que lo depositó en el puente de la nave.
Eolo, colocó al viento del oeste detrás de las naves y luego le ordenó que soplara suavemente acompañando a las naves hasta el deseado puerto de Itaca.
Durante nueve dÃas, navegaron acompañados por una suave brisa, sobre un mar calmo, hasta que lograron divisar la deseada isla. Pronto pudieron distinguir los bosques y las colinas. Lo que los llenó de tranquilidad.
Después de tantos dÃas de navegación sin poder pegar un ojo, y viendo que su objetivo estaba tan cerca, Ulises se retiró a descansar, y vencido por el cansancio quedó profundamente dormido.
Los hombres que estaban en el puente, aprovechando la ausencia de su capitán, comenzaron a intrigar contra Ulises, diciendo: -¡Ulises no es justo con nosotros! Eolo le dio este enorme cuero de regalo que seguramente esconde un gran tesoro y no ha querido compartirlo con nosotros.
Y otro replicaba:- ¿Acaso no hemos luchado a la par de el? ¡Corresponde que comparta el botÃn!
Y asÃ, movidos por la codicia y aprovechando que Ulises roncaba ruidosamente, decidieron abrir el cuero del buey cuando faltaba muy poco para arribar a Itaca.
Inmediatamente escaparon los vientos del pellejo provocando un huracán que empujó las naves hacia el lado contrario, alejándolas de su derrotero hasta convertir a la tan ansiada isla de Itaca en un punto insignificante sobre el horizonte.
Al ver lo ocurrido, Ulises deseó terminar con su vida arrojándose al mar, pero como era sumamente sensato, ordenó a sus hombres a dirigirse nuevamente a la isla del rey Eolo. Eolo, al verlo le preguntó:-¿Porque has vuelto, Ulises? Yo te di todo para que llegaras a salvo a tu isla.
Ulises le explicó lo ocurrido y rogó que le prestara nuevamente su ayuda.
Pero Eolo, le contestó enfurecido:- ¡Vete de aquà y no vuelvas más! Si los dioses han permitido que te ocurriera esta calamidad, no debes ser tan bueno.
Ulises, triste y avergonzado, regresó a las naves y ordenó a los hombres navegar mar adentro.
Los vientos arremolinados hacÃan dificultaban el avance de los remos y apenas podÃan dominar las embarcaciones ante la furia del mar encrespado.
Todo parecÃa estar en su contra. Seis dÃas y seis noches lucharon contra las inclemencias del tiempo y la violencia del mar.
Ulises y los Gigantes
Después de luchar frenéticamente contra las inclemencias del tiempo durante seis largos dÃas, los navegantes fueron bendecidos por un sol radiante y un mar en calma. A lo lejos divisaron tierra y Ulises, ordenó remar con vigor hasta alcanzar la orilla de lo que parecÃa una hermosa isla. HabÃa allà un puerto natural, de aguas tranquilas y fondearon las naves, menos la de Ulises, que como precaución la dejó fuera del puerto, amarrada a una roca.
Ulises, movido por la curiosidad, trepó hasta la roca más alta para tratar de ver que clase de lugar era ese. Solo divisaron algunas columnas de humo. Entonces decidió enviar a tres hombres a explorar el lugar.
Siguiendo las huellas de los carros, atravesaron montes hasta toparse con las puertas del reino. AllÃ, encontraron a una bella joven que peinaba sus largos cabellos junto a una fuente. Por sus palabras, reconocieron que se encontraban frente a la hija del rey de la isla. Ella amablemente, ofreció conducirlos junto a su madre, la reina.
Enorme fue su sorpresa cuando vieron que esa isla estaba habitada por enormes gigantes que se alimentaban con carne humana. La reina, era una mujer horrible, de mirada siniestra e imponente tamaño. Al ver a los tres hombres, le brillaron los ojos e inmediatamente llamó a su esposo, el rey.
El monarca, ni lerdo ni perezoso, se abalanzó sobre los hombres lanzando fuertes gritos y tomando a uno de ellos por la cintura, le dio un golpe y luego lo engulló de un bocado. Los otros dos hombres, huyeron espantados corriendo tan rápido como sus pies se lo permitÃan para advertir al resto de los navegantes de la situación.
Pero, tras ellos corrieron un grupo de monstruosos canÃbales, dispuestos a darse un banquete. Al llegar al puerto, los gigantes arrojaron rocas contra las naves, hundiéndolas rápidamente y a los hombres heridos o moribundos, los arrastraron hasta sus casas para darse un festÃn.
Ulises, presenció la tragedia horrorizado por la mala suerte de sus hombres y viendo que nada podÃa hacer contra esos enemigos de fuerza colosal, se dirigió a su nave, la única que se salvó del desastre, cortó la amarra y dio la orden de remar con fuerza a sus hombres para alejarse lo más rápido posible de esa isla siniestra
Ulises y Circe, la Hechicera
Con solo un navÃo, abatidos y tristes por la experiencia sufrida, Ulises y sus hombres navegaron varios dÃas hasta llegar a la isla Eea. Una vez allÃ, se recostaron en la playa llorando y lamentándose apesadumbrados por no poder volver a su patria, Itaca.
Ulises trató de darles ánimo pero no lograba reanimarlos. Entonces, se dirigió hasta lo alto una colina y desde allà pudo divisar a lo lejos una columna de humo que ascendÃa hasta perderse en el cielo azul. Era un signo de que alguien habitaba la isla.
Al descender se le cruzó un ciervo que logró matar con su lanza. Lo cargó hasta la playa y se los entregó a sus compañeros diciendo: -¡Miren lo que he conseguido! Vamos a cocinarlo y cuando hayan comido, verán el futuro con otros ojos.
Los hombres, que estaban hambrientos, olvidaron por un instante sus penas y luego de comer y beber abundantemente durmieron placidamente.
Al dÃa siguiente, Ulises insistió en la necesidad de explorar la isla. Los hombres temerosos por la experiencia vivida, se negaron, pero la insistencia de Ulises terminó por ganar su voluntad.
Decidieron dividirse en dos grupos. Uno a cargo de Ulises y otro grupo a cargo de Euriloco, su cuñado. Echaron en suerte para decidir qué grupo harÃa la tarea de exploración y el destino quiso que el grupo de Euriloco se internara en la isla. Ulises debÃa aguardar en la playa su regreso.
Euriloco y sus hombres se internó en la isla. Luego de atravesar un bosque, se encontraron frente a un gran palacio de piedra pulida. Frente a la puerta, se paseaban gran cantidad de leones y lobos mansos como perritos, que al ver los, los rodearon festejando la llegada de los visitantes.
Los hombres no sabÃan que ese era el palacio de Circe, la hechicera y que esos animales formaban parte de la fauna encantada de la maga.
Al llegar a la puerta del palacio, escucharon a una mujer cantando con una voz tan melodiosa que los dejó paralizados.
Los hombres golpearon la puerta y la bella maga Circe les abrió, invitándolos a pasar.
Todos quedaron admirados de su hermosura, pero Euriloco, que recordaba lo ocurrido con la hija del gigante se negó a entrar y decidió esperarlos escondido detrás de unos arbustos.
Circe, condujo a sus invitados a un lujoso salón donde los agasajó con sabrosos manjares a los que añadió una pócima para hacerlos perder la memoria. Luego los tocó con su varita mágica convirtiéndolos en cerdos para arrojarlos luego a una sucia y oscura pocilga. Una vez en la pocilga, Circe les arrojó bellotas y desperdicios como único alimento.
Para mayor desdicha de esos hombres, si bien quedaron convertidos en cerdos fÃsicamente, su inteligencia continuaba siendo humana duplicando el sufrimiento. Euriloco esperó durante horas a sus compañeros. Al ver que no regresaban, se angustió y desesperado, regresó corriendo hacia la nave, para dar aviso de la desaparición de sus hombres.
Ulises al ver la desesperación de su cuñado. Buscó su espada y su arco y le pidió a Euriloco que le indicara el camino hacia el palacio de Circe, pero este se negó diciendo:- Ulises, no puedes ir allá. No podemos correr el riesgo de perderte. Mejor huyamos antes que vuelva a ocurrir otra desgracia.
Pero el héroe, se burló: -Si tú quieres, puedes quedarte aquÃ, comiendo y bebiendo pero yo voy a hacer lo que me plazca. Y sin compañÃa alguna se dirigió hacia el bosque en busca del palacio de piedra.
Cuando faltaba muy poco para llegar a su destino, le salió al encuentro un joven hermoso blandiendo una varita dorada. Ulises reconoció al dios Hermes en persona. -¿Dónde vas Ulises? Tus compañeros están encerrados en una pocilga convertidos en cerdos. Y agregó :¿ Acaso crees que tú solo podrás salvarlos? Ulises lo miró atónito. Entonces Hermes continuó diciendo:- Yo te ayudaré. Le entregó una planta de flores blancas y raÃces negras. Luego le dijo:-Esta planta apartará de ti cualquier hechicerÃa. Pero cuando Circe se acerque para tocarte con su varita mágica, debes sacar tu sable y arrojarte sobre ella como si fueras a matarla. Ella se asustará y te ofrecerá su hospitalidad. No debes aceptar nada de ella .Primero debes exigirle que haga el juramento de los dioses de que no intentará hacer nada en tu contra. Asà estarás a salvo.
Ulises aceptó las indicaciones del dios y prometió seguir sus indicaciones.
El héroe de Itaca llegó finalmente al palacio y golpeó la puerta. La bella Circe le abrió y lo invitó a pasar al salón ofreciéndole toda clase de manjares mezclados con su pócima para perder la memoria. Pero no lo afectó en lo más mÃnimo, pues llevaba consigo la planta de flores blancas.
Cuando Circe se acercó con su varita mágica, Ulises se abalanzó sobre ella con su espada como si fuera a matarla.
Circe, entonces se arrojó a sus pies diciendo: - Dime quién eres extranjero. Solo hay un hombre sobre la tierra capaz de resistir mis conjuros, y ese es Ulises, el héroe de Troya.
Y continuó: -Si tu eres Ulises, envaina tu espada y acepta la hospitalidad que te ofrezco.
Pero Ulises, recordando los consejos de Hermes le dijo: -Solo puedo confiar en ti, si juras por los dioses que no harás nada en mi contra.
Circe realizó el juramento y luego lo agasajó con toda clase de manjares. Pero Ulises se negaba a comer y a beber, pues estaba muy triste por la suerte corrida por sus compañeros transformados en cerdos.
-¿Qué sucede Ulises? Hice el juramento que me pediste y no has probado ni un bocado. ¿TodavÃa no confÃas en mi?-Preguntó Circe asombrada.
A lo que Ulises respondió:-Solo cuando vuelva a ver a mis hombres libres y con su figura humana, volveré a creer en tus promesas.
Circe entonces, tratando de ganar la confianza del héroe de Troya, liberó a los hombres y mientras salÃan los iba tocando con su varita mágica para que recobraran su figura humana.
Los hombres reconocieron a Ulises al instante y se abrazaron llorando de felicidad. Circe se conmovió hasta las lágrimas al presenciar tan calido reencuentro y ordenó buscar al resto de los hombres que se encontraban en la playa para darles un espléndido banquete. Euriloco se resistió en principio, pero luego también se sumo al grupo de invitados.
AsÃ, entre festines y banquetes pasaron casi un año disfrutando de la hospitalidad de la bella hechicera. Pero pronto volvieron a recordar a su patria y añoraron regresar junto a sus familias.
Ulises, al escuchar los ruegos de sus navegantes, melancólicos por volver, se acercó a Circe y le dijo: -Te doy las gracias por tu generosidad, pero tú sabes bien que deseamos volver a Itaca. ¡Por favor, ayúdanos!.
Circe le respondió:-¡No los retendré contra su voluntad!- Luego le trazó la ruta que debÃa seguir la nave y readvirtió de cada uno de los peligros que iban a correr y lo que debÃan hacer en cada caso para sortearlos con éxito.
Antes de despedirlos les advirtió:- Si tú o tus hombres no siguen mis indicaciones al pie de la letra, o hacen algo contra lo que acabo de prohibirles, la ruina caerá sobre sus cabezas, perderás a tus hombres y Tú no volverás a Itaca sino después de mucho tiempo y en un estado miserable.
Al dÃa siguiente y después de agradecer a Circe nuevamente se lanzaron al mar en su nave, con la esperanza de llegar a su ansiado destino, ayudados por los vientos favorables que envió la maga como despedida.
Ulises y las Sirenas
Uno de los muchos peligros sobre los que la hechicera advirtió a Ulises, era el que correrÃan al pasar frente a la isla de las Sirenas.
Esta isla estaba habitada por mujeres muy raras. De la cintura para abajo, tenÃan la forma y las escamas de un gran pez y de la cintura para arriba tenÃan todo el aspecto de una mujer. Las sirenas eran muy crueles a pesar de tener un aspecto inofensivo. Estaban dotadas de una voz extraordinaria. Pasaban los dÃas y las noches sentadas sobre el césped, frente al mar, cantando dulces y atrayentes canciones. Pero esa voz melodiosa y cautivante era una trampa mortal para los hombres que la escuchaban, ya que no podÃan resistir la tentación de acercarse a ellas. Una vez en tierra, las sirenas mataban a los hombres y los descuartizaban. Luego amontonaban las calaveras como si fueran trofeos.
Circe le advirtió a Ulises:-El hombre que escuche la canción de las sirenas, jamás volverá a ver a su esposa y a sus hijos.- Luego le aconsejó la manera de evitar el peligro.
La nave se acercaba rápidamente impulsada por una suave brisa, pero un conjuro de las sirenas detuvo el viento y los hombres tuvieron que avanzar lentamente utilizando los remos.
Como un eco a la distancia, comenzaron a escuchar lo que parecÃa ser una canción. Ulises rápidamente taponó los oÃdos de sus hombres con cera y luego les pidió que lo ataran fuertemente al mástil de la nave y que por más que rogara y suplicara no lo desataran por nada del mundo. Luego les ordenó remar con todas sus fuerzas para escapar velozmente de esa terrible atracción.
La nave comenzó a deslizarse junto a la isla y las sirenas redoblaron sus esfuerzos por atraerlos cantando las más cautivantes canciones.
-¡Ven, Ulises! Detén tu nave para escuchar nuestras voces. Cantaremos para ti las Glorias de las Victorias Griegas. ¡Ven, valiente Ulises!
Ulises, al escuchar esas voces, sintió una poderosa atracción. PodÃa ver a las hermosas sirenas, tendidas entre las flores al borde del mar. Ulises, lloró y pataleó, implorando a sus hombres que lo dejaran libre para reunirse con ellas.
Como los hombres tenÃan sus oÃdos tapados no sufrieron el efecto del encantamiento y en lugar de soltar a Ulises, lo amarraron con más fuerza contra el mástil mientras él luchaba con todas sus fuerzas para liberarse.
Los marineros remaron con tanta fuerza, que pronto se encontraron lejos de esa peligrosa isla. Una vez en alta mar, los hombres desataron a Ulises y se quitaron los tapones de los oÃdos.
El peligro ya habÃa pasado.
Ulises y las Rocas Erráticas
Ulises y sus hombres continuaron navegando hasta que se encontraron frente a unas rocas formidables, donde las olas del mar chocaban contra ellas hasta cubrirlas por completo. Se podÃa escuchar el rugido del mar al estrellarse y un enorme remolino arrojaba a la superficie restos de naufragios.
Comprendió Ulises que se hallaba frente a otro de los numerosos peligros que Circe le habÃa advertido: Las Rocas Erráticas.
Los tripulantes estaban aterrorizados ante el peligro que los esperaba, pero el valiente Ulises los animó a seguir diciendo:- No se desanimen compañeros. Hemos atravesado muchos peligros. Recuerden a Polifemo. Pensamos que morirÃamos y aquà estamos. Solo cumplan mis órdenes y verán que todo saldrá bien.
Circe, la hechicera le habÃa aconsejado: Cuando deban atravesar las rocas erráticas, deben hundir los remos en el agua a gran velocidad y al mismo tiempo controlar el timón para que la nave se mantenga en lÃnea recta para no chocar contra las rocas.
Esto fue lo que indicó Ulises y lograron sortear el peligro sin perder ni un solo hombre.
Escila y Caribdis
Ulises, que era muy prudente, luego de atravesar las rocas erráticas, guardó silencio sobre los nuevos peligros que los acecharÃan: Escila y Caribdis.
TemÃa que si les contaba acerca de esos terribles monstruos, se aterrorizaran, dejaran sus remos y se arrojaran al mar. Asà fue que mantuvo en secreto las advertencias de Circe.
Luego de atravesar las rocas erráticas, la nave debÃa pasar por un lugar muy angosto. A cada lado del mismo se levantaban dos rocas altÃsimas. A la izquierda se elevaba una de ellas, de color negro, brillante y resbaladiza como mármol pulido. Demás está decir que nadie podÃa treparla. Aún en los dÃas más hermosos estaba cubierta por una nube negra.
En esta roca y dentro de una cueva oculta, vivÃa Escila. Un monstruo fantástico con doce patas y seis cabezas de cuyas bocas asomaban afilados colmillos. Ladraba dÃa y noche sin parar como un perro rabioso. Devoraba a cuanto animal pudiera acercarse y cada vez que un navÃo atravesaba el lugar se hacÃa un banquete, ya que cada una de sus cabezas podÃa engullir un marinero.
Frente a la roca que servÃa de morada a Escila, se encontraba otra roca altÃsima a cuyo pié crecÃa un árbol frondoso. Entre sus raÃces, habÃa una cueva y allà vivÃa Caribdis, otro terrible monstruo. Caribdis absorbÃa el agua del mar tres veces por dÃa, haciéndola penetrar en su cueva. Luego lo devolvÃa otra vez al mar, pero todo lo que penetraba en la cueva, Caribdis lo despedazaba.
Circe le habÃa advertido: -Presta atención, Ulises. Escila no es mortal. Es inútil luchar contra ella. Lo único que puedes hacer es huir a todo remo, lo más rápido posible.
Pero Ulises, al oÃr los ladridos de Escila, se calzó la armadura y se ubicó en la proa de la nave, esperando que asomara sus cabezas, con la intención de enfrentarla. Escila no se asomó y con esa distracción pronto se vio sorprendido por el remolino de Caribdis, que habÃa comenzado a tragar el agua del mar.
Los marineros, muertos de miedo, remaban con todas sus fuerzas para alejarse de Caribdis, y asÃ, se acercaron sin percatarse a la roca de Escila.
Escila, lanzó sus seis cabezas y con un solo movimiento arrebató a seis marineros del puente. Los hombres gritaban y lloraban extendiendo sus brazos, suplicando ayuda sin que sus compañeros pudieran hacer cosa alguna para liberarlos de tan fatÃdica muerte.
Este triste espectáculo dejó a los marineros sumidos en la tristeza y la desolación, ya que tenÃan perfecta conciencia de que cualquiera de ellos podrÃa haber sufrido esa desgracia.
Ulises y los Ganados del Sol
Se alejó finalmente la nave de aquél espantoso lugar. Los navegantes no podÃan olvidar las miradas de sus compañeros al ser atrapados por el monstruo Escila.
Después de varios dÃas de navegación, vieron una isla hermosÃsima, cubierta de verdes prados donde pastaban con tranquilidad rebaños de vacas y ovejas.
Ulises reconoció que se hallaba ante la isla que guardaba los rebaños del Sol, de la cual la bella hechicera Circe le habÃa vahadlo de esta manera:- Ulises, si logras atravesar sano y salvo el peligro de los monstruos Escila y Caribdis, pronto encontrarás la isla del Sol. Pero, presta atención, porque si tú o tus hombres matan una sola de las vacas del sol, una maldición caerá sobre la nave y su tripulación y aunque logres salvar tu vida, tus compañeros morirán y si logras volver a Itaca, lo harás en un estado lamentable.
Ulises, recordando estas palabras y la advertencia sobre la maldición, quiso seguir de largo, pero su cuñado Euriloco comenzó a protestar:- ¿Cómo pretendes que sigamos adelante? ¿No ves que estamos agotados? Ya se acerca la noche y estamos muertos de cansancio. ¿Qué pasará si se desata una tormenta? ¿Cómo podremos hacerle frente en este estado?
El resto de los hombres se unió a la protesta y Ulises no tuvo más remedio que aceptar sus reclamos. Pero antes de desembarcar les hizo prometer que no tocarÃan ni una oveja ni una vaca del Sol.
Los hombres le aseguraron que no tocarÃan los rebaños, ya que la hechicera Circe les habÃa regalado abundantes provisiones para abastecerse durante mucho tiempo.
Esa misma noche se desató un terrible tormenta que duró más de un mes. Con el correr del tiempo las provisiones comenzaron a escasear y comenzaron a padecer hambre. La isla si bien era hermosa, ni la caza ni la pesca era suficiente como para satisfacerlos.
Un dÃa en que Ulises se internó en el bosque, Euriloco comenzó a instigar a los hombres diciendo:- hemos sufrido toda clase de desgracias, pero no comprendo porqué tenemos que padecer hambre mientras pastan a nuestro alrededor todas estas magnificas vacas. Me pregunto si no podrÃamos sacrificar algunas terneras con la promesa de construirle un templo al Sol ni bien lleguemos a Itaca.
Los hombres, que ya venÃan arrastrando la escasez de alimento durante varios dÃas se plegaron a la propuesta de Euriloco sin pestañear. Rápidamente prepararon el fuego algunos y otros sacrificaron unas terneras a las que asaron y luego se dieron un festÃn acompañado por el vino que les quedaba.
Ulises, que se habÃa quedado profundamente dormido, en medio del bosque, despertó sintiendo un fuerte olor a carne asada y corrió hasta donde acampaban sus hombres. AllÃ, horrorizado comprobó que el daño ya estaba hecho y no habÃa nada que pudiera hacer para remediar el mal.
Todos fueron testigos del más horripilante acontecimiento. De la carne de las vacas asadas, surgÃan mugidos de dolor y los cueros que habÃan quedado, se contorneaban y retorcÃan, mientras por todas partes se escuchaban tristes lamentos de vacas.
Al cabo de seis dÃas, el tiempo mejoró y Ulises decidió que era el momento de zarpar y alejarse de la isla.
Cuando se encontraron en alta mar, una nube negra se posó sobre la nave y parecÃa que la tempestad estaba dirigida exclusivamente a ella. Un rayo partió el mástil en dos y al caer arrastró al timonel hacia las aguas embravecidas del mar, al mismo tiempo comenzó a prenderse fuego, la nave giró hacÃa un costado y todos los hombres, excepto Ulises, cayeron al mar.
El héroe de Troya se aferró con todas sus fuerzas a lo que quedaba de la nave, sin poder luchar, solo dejándose llevar por las enfurecidas aguas.
Los vientos huracanados, hicieron retroceder la nave nuevamente, hasta donde se encontraban los peligrosos monstruos de Escila y Caribdis. Cuando Caribdis con su remolino, comenzó a tragar las aguas y a la destruida nave, Ulises, de un salto, se aferró a una rama del árbol que se hallaba a la entrada de la cueva de Caribdis, y, cuando el monstruo, devolvió la nave al mar, de un salto. Se aferró a lo que quedaba del mástil, logrando sortear esa contingencia con éxito. Escila, por suerte, no salió de su cueva y pronto, Ulises se vio liberado de esos dos peligros.
Pronto se encontró Ulises, solo en alta mar a merced de los vientos, viendo más lejana la posibilidad de volver a su patria con vida.
Ulises y Calipso
Ulises aferrado a los restos de la nave, muy cansado, se dejó llevar por el oleaje.
Una brisa suave, empujó la nave hacia una hermosa isla cubierta de árboles frondosos.
Después de descansar varias horas tendido en la arena de la playa, decidió explorarla. Después de caminar un largo trecho, llegó hasta la entrada de una gruta cavada en la roca, de donde se desprendÃan dulces aromas de cedro y sándalo. A su entrada se podÃan ver dos hermosas parras de las que colgaban jugosos racimos de uvas negras.
El lugar era un paraÃso. Se escuchaba el rumor de del agua proveniente de varias fuentes de agua cristalina.
En la gruta, una bellÃsima mujer con trenzas doradas y ricamente vestida, tejÃa afanosamente. Era la diosa Calipso.
A pesar de su mala fama con los hombres, Calipso recibió a Ulises con cariño, prodigándole toda clase de cuidados que lo ayudaron a recobrar la salud, bastante deteriorada por las desdichadas aventuras que padeció.
Después de haber perdido a su nave y a sus hombres, Ulises no podÃa hacer otra cosa que permanecer al cuidado de la diosa. Pero a pesar de que la isla era un paraÃso y que la diosa lo cuidaba con esmero, Ulises no podÃa ocultar su tristeza y pasaba largas horas del dÃa con la vista perdida en el horizonte, añorando su patria.
Calipso al verlo tan apenado le preguntaba una y otra vez:-¿Qué te ocurre, Ulises? Bien sabes que si te quedas conmigo no deberás temer ni a las enfermedades ni a la muerte.
Pero Ulises, sin querer ser grosero con la diosa le respondÃa:-No le tengo miedo ni a las enfermedades ni a la muerte. Lo que yo deseo, es volver a ver aunque sea una sola vez más la isla de Itaca.
Asà permanecieron ocho largos años. Este era el castigo que envió el dios Poseidón a Ulises, por haber cegado a su hijo el cÃclope Polifemo.
Para suerte de Ulises, Atenea, la diosa de la sabidurÃa, que veÃa por un lado la tristeza de Ulises y por el otro, los pesares de su esposa Penélope y de su hijo Telémaco, deseó ayudarlo. Entonces, Atenea se dirigió al monte Olimpo y en una asamblea relató al resto de los dioses las desventuras del héroe de Troya y la tristeza que lo embargaba.
Los dioses se apiadaron de Ulises y su familia y enviaron a Hermes a la isla de Calipso para solucionar el problema.
Hermes se encontró con Calipso, la diosa de las trenzas doradas, que lo agasajó con toda clase de manjares exquisitos. Después de disfrutar de un regio festÃn, Hermes le transmitió a Calipso el deseo de los dioses: Que le permitiera a Ulises regresar a su patria.
Calipso pensó que el pedido era injusto y le respondió: -¿Ahora se acuerdan los dioses de Ulises? ¿Acaso ellos no permitieron que sufriera toda clase de penurias?, Además yo no poseo nave alguna. ¿Cómo puedo mandarlo de regreso?
Pero Hermes, respondió con firmeza:-Si no envÃas a Ulises de regreso a Itaca, los dioses te castigaran duramente.-y voló nuevamente sobre los campos de regreso al Olimpo.
Calipso, rápidamente, buscó a Ulises, que como todos los dÃas se hallaba llorando en la playa con los ojos puestos en el horizonte y le dijo:- No llores más, Ulises. Voy a permitirte regresar a tu patria.
Ulises, desconfiaba de las palabras de la diosa, pero ella lo condujo a un bosque donde crecÃan árboles fuertes y alcanzándole un hacha de dos filos y otras herramientas lo animó a construir una nave para llegar a su ansiado destino.
Mientras tanto, Calipso se puso a tejer una tela grande y fuerte para que usara de velas.
Ulises recobró la alegrÃa perdida y prontamente se puso a trabajar con ahÃnco para construir una balsa lo suficientemente resistente como para alcanzar a su patria.
Después de varios dÃas de trabajar sin descanso, la balsa estaba concluida y la botó a la mar cargada de ricas provisiones que la diosa Calipso, temerosa de la venganza de los dioses, le regaló para despedirse.
Después de dieciocho dÃas de navegación en calma, divisó una isla dorada en el horizonte que flotaba como un escudo de bronce y se dirigió a ella.
Pero lo que Ulises no sabÃa es que Poseidón, al regresar de un largo viaje, pasó por la isla de Calipso, y al ver que el héroe de Troya se habÃa liberado de su destino, montó en cólera. y enfurecido, bramó:- ¡Ulises! ¿Pensaste que todos tus problemas habÃan terminado?, pues, ¡Ya verás!- Y en pocos minutos, convocó a las nubes para que desencadenaran un huracán sobre la precaria balsa, que presa de las fuerzas indomables del mar, la hacÃan tambalear como si fuera un barquito de papel.
Ulises no podÃa creer lo que ocurrÃa. Una vez más la angustia se apoderó de él.
Llorando gritó:- Hubiera sido mucho mejor morir en la ciudad de Troya antes que pasar por todos estos sufrimientos.
Ni bien terminó de decir estas palabras, una ola gigantesca hizo girar la balsa destruyendo el mástil, lanzando al pobre Ulises al mar.
Ulises y la diosa Atenea
Ulises, arrastrado al fondo del mar por una ola gigantesca, tuvo que luchar con todas sus fuerzas para llegar a la superficie. Una vez allÃ, pudo ver los restos que quedaban de la nave. Nadó hasta aferrarse a esos troncos que eran su única salvación.
Poseidón, el dios del mar, no perdonaba a Ulises y se habÃa propuesto maltratarlo con todos los elementos a su disposición.
En ese momento, una Ninfa que vagaba por los mares, sintió pena al ver sufrir de esa manera al héroe de Troya y posándose como una mariposa sobre la balsa le dijo:-Poseidón te ha hecho blanco de su venganza pero debes saber que su poder o alcanza para llevarte a la muerte. Debes hacer exactamente lo que te digo y te salvarás: Desnúdate, ajusta a tu cintura este velo que te entrego y arrójate al mar. Deja que la balsa sea arrastrada a la deriva, y tú, nada hacia tierra y cuando llegues a ella, vuelve a arrojar mi velo al mar. El solo irá directamente a mi encuentro.-Luego de alcanzarle el velo, la Ninfa se hundió en el mar sin dejar rastro.
Ulises, temiendo que esta sea una nueva trampa de los dioses, no obedeció los consejos de la Ninfa y continuó agarrado a los troncos de la balsa.
La saña de Poseidón no le daba respiro y otra ola enorme terminó por dispersar los troncos de la precaria balsa. Otra vez en al agua, Ulises volvió a encaramarse a caballo de uno de los troncos y en la desesperación, decidió seguir los consejos de la Ninfa del mar. Se despojó de sus ropas, ajustó el velo a su cintura y se arrojó al mar nadando con todas las fuerzas disponibles.
Poseidón sonreÃa feliz al ver consumada su venganza y se retiró a su palacio en el fondo del mar.
Ulises continuó nadando enérgicamente durante dos dÃas y dos noches.
La diosa Atenea, que veÃa las penurias de Ulises, le ordenó al viento del norte:- Sopla con fuerza para allanar el camino de Ulises hasta depositarlo en el paÃs de los feacios.
El viento norte siguió las órdenes de la diosa, mientras Ulises nadaba sin descanso. Asà pasaron tres dÃas y tres noches, hasta que el mar se calmó y a lo lejos pudo divisar tierra.
El entusiasmo lo llevó a doblegar sus fuerzas para llegar a la isla. Triste fue su decepción al ver que la isla estaba rodeada de arrecifes. El mar golpeaba sobre las rocas con un estruendo inusitado y era prácticamente imposible vencer esa barrera.
Una ola lo empujó sobre una roca y estuvo a punto de perder la vida si no se hubiera aferrado a ella con sus manos lastimadas por el roce contra el filo de la roca.
Atenea, lo inspiró a seguir nadando rodeando la isla en busca de un lugar adecuado para tocar tierra. Pero encontró un rÃo que desembocaba en el mar. Ulises, agotado pidió ayuda al rÃo, y éste ordenó a sus aguas que corrieran mansas hasta depositarlo en tierra.
Ulises, muy débil, después de tantos dÃas de nadar sin descanso, se acercó a la playa y se desprendió del velo para luego arrojarlo al mar. El velo flotó suavemente sobre la corriente, y pronto las aguas se abrieron para dejar paso a la ninfa del mar, Ella recogió el velo y volvió a desaparecer bajo las aguas.
Ulises, lloró de alegrÃa. Luego se dirigió a un monte cubierto de árboles, armó con hojas una cama mullida y se recostó.
Atenea, su protectora le ordenó al Sueño que lo ayudara a dormir para reponer sus fuerzas luego de tantas penurias.
Y Ulises se durmió placidamente.
Nausica
En el paÃs de los feacios gobernaba un rey que tenÃa una sola hija llamada Nausica. Nausica era muy buena y hermosa. Todos la querÃan porque era dulce y compasiva con el resto de los súbditos.
Una noche en que la princesa dormÃa, la diosa Atenea se le presentó en sus sueños y le habló asÃ:-Nausica, mañana, bien temprano pÃdele a tu padre que te prepare un carro con sus mulas para lavar la ropa en el rÃo. Porque has crecido mucho y es tiempo que te cases. Ni bien se despertó, Nausica recordó su sueño y corrió al encuentro de su padre para pedirle el carro y las mulas para lavar la ropa en el rÃo sin confesar su sueño.
Al rey le llamó la atención, pero como la querÃa tanto le dio lo que le pedÃa con mucho gusto. Prepararon un carro muy fuerte al que ataron varias mulas. Su madre la reina le dispuso una canasta con provisiones. Otras doncellas amigas y varias esclavas también partieron junto a Nausica para pasar el dÃa junto al rÃo.
Al llegar, soltaron las mulas para que pastaran en el prado y ellas se divertÃan mientras lavaban cantando y jugando a salpicarse. Era un hermoso dÃa y parecÃa una excursión perfecta.
Luego de tender la ropa al sol para que se secara, comieron la sabrosa vianda que la reina madre habÃa preparado con tanto esmero.
Era un dÃa pleno de sol y decidieron jugar a la pelota. Se dispusieron en rueda y con habilidad se pasaban la pelota de mano en mano mientras reÃan a carcajadas. De repente, una de las doncellas se descuidó y la pelota cayó en el rÃo. Todas gritaron alarmadas ya que la corriente del rÃo dirigÃa rápidamente la pelota hacia el mar.
Los gritos de las jóvenes despertaron a Ulises que dormÃa muy cerca en su cama de hojas y ramas secas.. Ulises, se cubrió con algunas ramas para presentarse ante las jóvenes ya que debido al consejo de la ninfa del mar, no tenÃa ropa para cubrirse.
Su aspecto era entre andrajoso y temible, por esa razón las muchachas corrieron espantadas al verlo.
Nausica, siempre amable y compasiva se mantuvo de pié ante la presencia del naufrago. Ulises se acercó y dijo: -Soy Ulises. He combatido en Troya y al querer regresar a mi patria he atravesado muchas penurias. Mis hombres están muertos y mis naves destruidas. Jamás he visto una doncella tan hermosa. Si te apiadas de mà los dioses te recompensarán.
Nausica lo escuchó con atención y luego de alcanzarle algo de ropa para cubrirse le respondió: estás en el paÃs de los feacios. Yo soy la princesa Nausica y mi padre es el rey.- Luego ordenó a las esclavas que buscaran un regio traje para vestir al extranjero.
Bien vestido, Ulises lucÃa toda su nobleza y gallardÃa.
Nausica no pudiendo disimular su asombro le confesó a sus amigas:-¡Miren ahora al extranjero! ¡Parece un dios! Si algún dÃa me caso, espero que mi esposo sea como Ulises.
Después de alimentarlo generosamente, Nausica se acercó para decirle:-Puedes subirte al carro con nosotras, pero antes de llegar a los lÃmites de la ciudad debes bajarte y esperar un tiempo para evitar comentarios malintencionados sobre mi o sobre ti. Los feacios son buenas personas y cualquiera te indicará el camino para llegar al palacio.
Una vez en el palacio, dirÃgete a mi madre, dobla la rodilla al presentarte y seguramente te acogerá amablemente y te procurará los medios necesarios para que puedas regresar a tu paÃs.
Cuando Nausica terminó de darle consejos, todos subieron al carro y se alejaron rápidamente dejando atrás el rÃo.
Ulises ante los feacios
Al llegar ante las puertas de la ciudad de los feacios, Ulises descendió del carro y se quedó sentado un tiempo a las puertas de la ciudad. Desde allÃ, pudo contemplar el puerto. En el mismo habÃa gran movimiento de naves que llegaban y partÃan y otras tantas ancladas cargando y descargando mercancÃas.
Luego de atravesar la muralla que rodeaba la ciudad, Ulises se dirigió al palacio. No podÃa disimular su asombro ante la riqueza del edificio. Sus muros de bronce brillaban bajo los efectos del sol y sus enormes puertas eran de oro macizo.
Ulises traspasó las distintas habitaciones hasta llegar a la estancia de la reina. Al verla, dobló la rodilla y se presentó:-Reina de los feacios, mi nombre es Ulises. He peleado en Troya y para regresar a mi patria, Itaca, he debido atravesar grandes peligros. Te ruego tengas piedad de mi y me proporciones los medios para regresar a mi paÃs.
El rey, al ver la humildad del extranjero, lo invitó a sentarse junto a ellos y lo agasajó con un banquete digno de un prÃncipe.
Durante el banquete Ulises, narró sus peripecias, y todos los presentes lo escucharon entretenidos.
Al terminar la fiesta, la reina le preguntó acerca de su traje, ya que ella lo habÃa confeccionado con sus propias manos. Ulises, se vio forzado a narrar su encuentro con la princesa Nausica.
El rey se sorprendió. No esperaba ese comportamiento de parte de su hija, pero Ulises, le explicó las razones de la joven princesa y el rey comprendió que habÃa actuado con prudencia.
DÃa tras dÃa se sucedÃan fiestas y juegos de destreza para honrar al ilustre visitante. Los mejores coros se presentaron entonando canciones donde se relataba el sitio de Troya y las proezas de Ulises.
El rey reconoció que se hallaba ante un verdadero héroe y le rindió toda clase de distinciones y regalos para honrarlo, ya que era la primera vez que los visitaba un hombre tan valiente.
Por la noche, sabiendo que el héroe de Troya partirÃa a la madrugada hacÃa Itaca, Nausica se presentó para despedirse.
-Vengo a despedirme, valiente Ulises. Pienso que no volveré a verte, pero seré feliz si pienso que alguna vez te acordarás de mÃ.
Ulises se emocionado ante tanta sinceridad, respondió: -Princesa Nausica. Te recordaré todos los dÃas de mi vida, pues tú me has devuelto la vida.
Al dÃa siguiente, el rey fletó una de sus mejores naves para llevar a Ulises de regreso a Itaca. Los feacios extendieron una alfombra sobre la cubierta , allà se recostó Ulises y pronto se quedó dormido.
El buque con ayuda de una suave brisa se deslizó sobre el mar. Al amanecer del otro dÃa, llegaron a Itaca. Como Ulises continuaba dormido, los feacios tomaron la alfombra con sumo cuidado y la depositaron en tierra sin despertarlo.
Junto a el depositaron todos los regalos de oro y plata que el rey habÃa obsequiado al héroe de Troya.
Mientras Ulises continuba dormido, su protectora, la diosa Atenea lo envolvió en una espesa niebla y, cuando luego de varias horas despertó, se afligió enormemente, pues no reconoció el lugar y gritó desconsolado: -¿Dónde estoy? ¡Esto no es Itaca! ¡Los feacios me han tendido una trampa! ¡Pobre de mi!
Cuando estaba a punto de descargar su llanto, la diosa Atenea se hizo visible y con su dulce voz le fue narrando todo lo que habÃa ocurrido en Itaca durante su larga ausencia.
Penélope y su tela
Muchos años pasó Ulises lejos de su patria. Su hijo. Telémaco crecÃa año tras año hasta convertirse en un hombre. Su mujer, la reina Penélope era bellÃsima y el reino de Itaca muy rico.
La prolongada ausencia de Ulises, despertó la codicia de los caballeros de la corte que pretendÃan tomar posesión de la corona, pensando que Ulises estaba muerto. Estos nobles se instalaron se instalaron en el palacio de Ulises, comiendo, bebiendo y disfrutando de una vida regalada sin que Penélope pudiera hacer nada al respecto.
Cada tanto le ofrecÃan matrimonio a la reina, pero ella confiaba que su marido regresarÃa algún dÃa y no sabiendo como deshacerse de esos sujetos infames tramó un plan: Instaló un telar y comenzó a tejer una intrincada tela y les dijo:- Hasta que no termine esta tela no puedo dar una respuesta. -Penélope se sentaba todo el dÃa a trabajar con ahÃnco ante el telar, pero por las noches cuando todos dormÃan deshacÃa lo tejido durante el dÃa. Asà la tela no avanzaba prácticamente nada.
Las presiones de los nobles hacÃan sufrir mucho a Penélope y a Telémaco y juntos lloraban de tristeza.
Un dÃa en que Telémaco deambulaba angustiado, vio llegar a un extranjero muy guapo vestido con un riquÃsimo traje de guerrero adornado en oro y plata.
Telémaco lo recibió en un lugar apartado del palacio, a salvo de curiosos y lo agasajó con un espléndido banquete. Desde allà se escuchaban las risotadas de los pretendientes que instalados en el palacio se entretenÃan jugando y bebiendo a costa de la corona.
Telémaco, apesadumbrado le confió al extranjero:- esas risas son de los pretendientes de mi madre. Creen que mi padre ha muerto y por esa razón usurparon el palacio disfrutando de los bienes de mi padre. y le preguntó:- Dime extranjero: ¿Sabes acaso si mi padre aún vive?
El extranjero no era otro que la diosa Atenea, que se habÃa transfigurado como caballero para acercarse a Telémaco.
Tratando de captar su confianza le dijo:-He visto a tu padre. Está vivo, pero en una isla lejana y muy pronto regresará a Itaca.
Luego agregó:- Debes seguir mi consejo y no te arrepentirás: Mañana debes presentarte ante los nobles y decirles con firmeza que deben abandonar el palacio. Actúa con valentÃa y seguridad y te prometo que las futuras generaciones recordarán tu nombre.
Luego de darle sus recomendaciones la diosa Atenea le infundió coraje y valor. El que parecÃa un muchacho tÃmido y apocado se convirtió en un hombre recio y valeroso.
Telémaco quiso agasajar a la diosa con regalos pero ella se esfumó rápidamente.
Telémaco, con una nueva fuerza en su corazón se dirigió a la sala donde estaban reunidos los nobles y a viva voz les dijo:-¡Ya es suficiente por hoy! Mañana convocaré al Consejo y allà sabremos si van a seguir viviendo a costa de la corona o si yo puedo ser el rey de Itaca y dueño de mi patrimonio.
Los pretendientes no podÃan creer lo que veÃan. Ellos pensaban que Telémaco era un niño y ahora veÃan que se enfrentaban a un hombre de verdad.
Por la mañana, Telémaco convocó al Consejo y se dirigió al lugar seguido por sus dos fieles perros.
Cuando los nobles llegaron, Telémaco les dijo:- En primer lugar quiero expresar mi dolor ante la larga ausencia de mi padre, pero también quiero expresar mi desconsuelo ante el bochornoso comportamiento de estos sujetos que se dicen nobles, y aprovechan su ausencia para derrochar su patrimonio en juergas como dueños y señores de una corona que no les pertenece.
Los nobles se enfurecieron al ver la fuerza de Telémaco y le recriminaron:-No es nuestra culpa que nos hayamos instalado tanto tiempo en el palacio, sino de tu madre que nos ha engañado prometiendo que elegirÃa un nuevo esposo cuando concluyera su tela y ahora bien sabemos que desteje por la noche lo que teje durante el dÃa. Una vez que tu madre elija esposo nos iremos.
Telémaco volvió a arremeter con fuerza:- Si no se van ya mismo del palacio, los dioses los castigarán sin piedad.
En ese preciso momento dos águilas sobrevolaron el lugar trenzándose en una feroz lucha hiriéndose a picotazos.
Un anciano al verlas dijo:- Este es un signo de que algo grave ocurrirá a los que pretenden la mano de Penélope.
Los pretendientes se rieron a carcajadas de las palabras del anciano y replicaron:-Si Ulises no ha regresado es porque debe estar muerto y no nos moveremos de aquà hasta que Penélope no elija un esposo.
Telémaco respondió: Entonces, me embarcaré e iré a buscar a mi padre.
Los nobles se burlaron una vez más. Solo Mentor apoyó a Telémaco y el Consejo se disolvió.
Telémaco, el hijo de Ulises
El hijo de Ulises, Telémaco, decidió ir en busca de su padre ya que no encontraba la manera de deshacerse de los nobles que se habÃan instalado en el palacio de su padre.
Desesperado, mirando al cielo, pidió la colaboración del caballero extranjero que lo habÃa ayudado dÃas antes.
La diosa Atenea volvió a aparecerse y lo animó diciendo:- Regresa al palacio y prepara provisiones para un largo viaje. Yo te proveeré de la mejor nave y de los hombres más valientes para que te acompañen en esta difÃcil empresa.
Telémaco partió hacia el palacio haciendo oÃdos sordos a las burlas de los pretendientes y buscó a su nodriza. Esta dulce anciana estaba encargada de cuidar las puertas del lugar donde se almacenaban los tesoros del reino bajo llave y le confesó sus planes.
La anciana se entristeció. Ya sufrÃan bastante con la ausencia de Ulises y pensaba que el joven era la única alegrÃa de la reina Penélope. TemÃa que si zarpaba no regresarÃa jamás, dejando a su madre en manos de los nobles forajidos.
Telémaco la tranquilizó cuando le dijo que la diosa Atenea en persona le habÃa dado ese consejo y le pidió que no dijera ni una palabra a su madre hasta que el se hubiera alejado.
La nodriza se convenció que si era el designio de los dioses, Telémaco debÃa cumplirlos y lo ayudó a conseguir las provisiones. La diosa Atenea hizo caer en un sueño profundo a los nobles y luego buscó a Telémaco en medio de la noche y lo llevó a la nave. Mientras navegaban, ella se sentó a su lado para animarlo.
Luego de navegar durante toda la noche, divisaron una isla. Allà preguntaron por Ulises, pero nadie sabÃa nada del Héroe de Troya.
Atenea dejó a Telémaco al cuidado de los gobernantes, y, transfigurada en águila, remontó vuelo alejándose de la isla.
Mientras tanto, en Itaca, Penélope no podÃa parar de llorar ya que extrañaba a su hijo, pero no sabÃa ni una palabra del viaje secreto y los pretendientes, que tampoco sabÃan donde estaba Telémaco, pensaban que se habÃa internado en algún bosque a cazar.
Luego de varios dÃas el dueño del navÃo se presentó en el palacio reclamando su nave ya que necesita emprender un viaje con urgencia.
Se armó un terrible revuelo. Los pretendientes decidieron, embarcarse para buscar a Telémaco y matarlo.
Penélope, sufrÃa y lloraba sin interrupción. Un mal tras otro era demasiado para ella.
La nodriza al verla tan afligida, la tranquilizó diciéndole que la misma diosa Atenea lo acompañaba en su itinerario y que volverÃa sano y salvo de su viaje.
Mientras tanto, los pretendientes zarparon en la primera nave que encontraron y luego de navegar sin rumbo,decidieron desembarcar en una isla cercana para esperar el regreso de Telémaco y poder darle muerte.
Ulises en su Patria, Itaca
Ulises ya estaba en una playa apartada de Itaca sin saberlo, pues la diosa Atenea lo habÃa cubierto de una espesa niebla.
Poco a poco, la diosa evaporó la niebla mientras le explicaba lo ocurrido en su isla durante su larga ausencia.
Ulises, le rogó a la diosa que no lo abandonara a su suerte y la diosa le habló con ternura:- Jamás te abandonaré, Ulises. Debes seguir mis consejos al pié de la letra: Primero debes esconder todos los tesoros que el padre de Nausica te obsequió- Hecho esto, lo transformó en un pobre y harapiento anciano y le dijo:- Ahora debes dirigirte a la cabaña del porquerizo que cuida los cerdos de tu palacio, pues ese hombre siempre te ha sido fiel y sigue sus indicaciones.
Después de darle esos consejos, la diosa Atenea volvió a convertirse en águila para alejarse volando sobre el mar.
Ulises hizo exactamente lo que la diosa le indicó.
Al acercarse al porquerizo, los perros que estaban a su lado se abalanzaron gruñendo y ladrando. El porquerizo los contuvo para que no lo ataquen y luego le dijo mientras lo invitaba a sentarse en su cabaña:- No temas. No creo poder soportar otra desgracia si mis perros te lastiman.- y continuó- Hace muchos años que nuestro rey emprendió un largo viaje y nadie supo nada de él. La reina Penélope y su hijo Telémaco, además de sufrir esta larga ausencia, tienen que soportar los acosos de unos nobles que se instalaron en el palacio, forzándola a que elija un esposo entre ellos.
Mientras relataba esta historia, le ofreció una copiosa comida y Ulises se sintió a salvo junto a ese fiel servidor.
Al mismo tiempo, en una isla lejos de allÃ, la diosa Atenea pasó a buscar a Telémaco y le ordenó que se embarcara cuanto antes hacia Itaca. Para que los pretendientes no lo descubrieran lo envolvió en niebla y asà pudo llegar a Itaca sin contratiempos.
Telémaco desembarcó muy cerca de la cabaña del porquerizo y pasó a saludarlo ya que era una de las pocas personas que merecÃan su confianza.
El porquerizo no podÃa disimular la emoción al ver a Telémaco sano y salvo y lo invitó a comer junto a Ulises transformado todavÃa en un pobre mendigo.
Ulises, al ver nuevamente a su hijo hecho hombre y contemplando su buena educación y su trato amable se sintió orgulloso.
Telémaco le ordenó al porquerizo que corriera hasta el palacio para avisarle a su madre que habÃa regresado y que se encontraba bien.
Cuando el porquerizo se fue, la diosa Atenea transformó a Ulises nuevamente a su aspecto verdadero, vestido con el lujoso traje que el rey de los feacios le habÃa regalado para presentarlo ante su hijo. Telémaco al verlo, pensó que estaba ante uno de los dioses del Olimpo, pero Ulises le dijo:- Telémaco, soy Ulises, tu padre, que he regresado luego de diez años de ausencia.-Se abrazaron apretadamente sin poder creer que este ansiado momento llegarÃa algún dÃa, y luego trazaron un plan para deshacerse de los pretendientes.
Antes que regresara el porquerizo, la diosa Atenea volvió a transformar a Ulises en el andrajoso anciano para que nadie sospechara nada.
El porquerizo regresó con muy malas noticias. Los nobles estaban furiosos porque Telémaco habÃa escapado de sus manos y ahora juraron matarlo no bien lo vieran.
Por la mañana muy temprano, Telémaco regresó al palacio donde lo recibieron su nodriza y su madre. No pensaban que lo volverÃan a ver y por lo tanto no dejaban de besarlo y abrazarlo.
Mas tarde, el porquerizo acompañó a Ulises, todavÃa en forma de pobre mendigo hasta la ciudad. De repente, Ulises se topó de frente con su fiel pero Argos, que ya estaba muy viejo. El perro lo reconoció no bien lo vio y se acercó rengueando y meneando la cola, pero tan grande fue el júbilo de Argos que su corazón no resistió el impacto y cayó muerto al instante.
Ulises lloró la muerte de su devoto amigo y luego se acomodó a las puertas del palacio, donde Telémaco le mandó servir un copioso almuerzo.
Cuando terminó e comer, Ulises entró al palacio, donde estaban los nobles que lo trataron con desprecio mientras le arrojaban restos de comida como si fuera un animal. Uno de los nobles, asestó a darle un golpe con un banco mientras lo arrojaba de la sala.
Ulises volvió a acomodarse en las puertas del palacio y, aprovechando que los nobles regresaban a sus casas por la noche, junto a Telémaco agruparon todas las armas que los pretendientes habÃan dejado tiradas por el lugar y las escondieron.
Bien entrada la noche, Ulises volvió a entrar al palacio, confundido entre los sirvientes se sentó en un rincón. De repente entró a la sala la reina con un grupo de damas y se sentaron junto al fuego.
Cuando Penélope advirtió la presencia del pobre mendigo le dijo a la nodriza:-Mira el aspecto de ese pobre hombre. Parece que ha viajado mucho. Ve a buscar un cántaro y lávale los pies.
La nodriza salió rápidamente a cumplir las órdenes de la reina.
Esta anciana habÃa estado muchos años bajo las órdenes de Ulises y conocÃa muchos detalles. Por ejemplo, que Ulises cuando era joven habÃa sufrido la mordedura de un jabalà durante una cacerÃa. Eso le produjo una cicatriz imborrable en el tobillo y la nodriza la conocÃa de memoria. Cuando comenzó a lavarle los pies y vio ese signo inconfundible, la nodriza pegó un salto, arrojando el cántaro y dando un grito:-!Tu eres Ulises! Esa cicatriz solo puede ser tuya.
Ulises hizo callar a la nodriza para no ser descubierto y la diosa Atenea, para que Penélope no presenciara esta escena, nubló la mente de la reina y ella ni vio ni escuchó nada.
Penélope, se levantó de su sillón junto al fuego porque ya era hora de ir a descansar. Al pasar junto al mendigo le dijo:-¿Ves esas doce hachas colgadas una junto a la otra en la pared? Mi marido acostumbraba disparar doce flechas entre ellas con gran exactitud. Ahora que mis pretendientes han descubierto mi truco de la tela que nunca se termina, les dije que me casarÃa con el que lograra hacer lo mismo que hacÃa mi esposo.
El mendigo tomándole la mano le dijo dulcemente:-No te preocupes, Reina Penélope. Cuando se realice la competencia, Ulises en persona disparará las flechas como en los buenos tiempos.
La reina le respondió con una sonrisa mientras pensaba cuanto le cambiarÃa la vida si esas palabras se hicieran realidad.
Al dÃa siguiente comenzó la competencia. Los nobles estaban ansiosos por obtener el premio mayor: la reina Penélope y el reino de Itaca. ReÃan y se restregaban las manos entusiasmados mientras esperaban en fila su turno.
De repente, la reina hizo su aparición en la sala con el famoso arco de Ulises. Se lo entregó a Telémaco para que comenzara la competencia y se retiró para no tener que soportar semejante tormento.
Telémaco colocó las doce flechas de bronce y alcanzó el arco al primer noble de la fila. Este ni siquiera tuvo fuerza para flexionar el arco.
Uno tras otro fueron pasando para probar sus fuerzas y uno tras otro fracasaron en el intento, perdiendo asà su oportunidad de conseguir el premio.
De pronto, el viejo mendigo se levantó y tomando el arco entre sus manos, disparó las doce flechas con gran precisión quedando justo entre las hachas.
Luego, con voz semejante a un trueno gritó:- La competencia ha terminado. Yo soy el dueño de mi esposa y de mis bienes por derecho propio.-Y a continuación, agregó:-Ahora elegiré otro blanco.-Paso seguido, comenzó a disparar sus flechas contra los pretendientes dándoles muerte de a uno por vez mientras suplicaban clemencia de rodillas.
-¡Ah! ¿CreÃan que no regresarÃa? Mientras no estaba malgastaron mi fortuna y acosaron a mi esposa. Pues aquà estoy yo y a ustedes les ha llegado su fin.
Algunos nobles trataron de defenderse, pero Ulises luchó valientemente y con todas sus fuerzas intactas dejando un tendal de cadáveres a su alrededor.
Cuando la nodriza vio ese espectáculo fantasmal se horrorizó. Pero su espanto duró poco, ya que reconoció a Ulises y salió corriendo a buscar a la reina para contarle lo ocurrido.
Cuando Penélope entró a la sala no podÃa creer lo que sus ojos veÃan. La emoción no le permitÃa reaccionar.
Telémaco al verla tan desconcertada le dijo:- ¿Qué te ocurre madre? ¿No reconoces a mi padre?
Penélope reaccionó ante las palabras de su hijo y corrió al encuentro de Ulises para fundirse en un abrazo interminable.
Este es el fin de las aventuras de Ulises.

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