HabÃa una vez en un paÃs lejano, un reino llamado Nazur. El rey, Nazurino, hombre justo e inteligente habÃa conseguido que su pueblo prosperara y todos vivieran felices y contentos. Nazurino gobernaba con la ayuda de un consejero. Este funcionario se llamaba Badur y era la mano derecha del rey en los asuntos de estado. Cuando el rey salÃa a visitar a sus súbditos en comarcas lejanas dejaba la conducción de su gobierno en manos del buen Badur.
Cierto dÃa, Badur vio que la única hija del rey, Sarina, tenÃa la edad apropiada para casarse y le dijo al rey que habÃa llegado la hora de buscar entre la realeza, un marido para a su hija Sarina. Como en Nazur no habÃa prÃncipes, el rey y su hija debÃan emprender un largo viaje visitando las casas reales de otros reinos en busca del candidato apropiado.
Sarina era una doncella muy hermosa. Además era cariñosa y amable. Todos la querÃan por su sencillez y cordialidad. Sarina estaba enamorada del único médico de Nazur, Jazim. Un apuesto jóven llegado de la lejana Persia que habÃa estudiado medicina junto a los más destacados doctores en el arte de curar.
Jazim se habÃa instalado en Nazur y desde entonces ayudaba a las embarazadas en el parto. Enyesaba a los fracturados y curaba las diversas enfermedades que se presentaban con ayuda de sus recetas magistrales.
Jazim vivÃa en una casa con trece ventanas muy cerca del palacio. La casa de dos plantas tenÃa una escalera con trece peldaños y una galerÃa rodeada con trece columnas ya que habÃa llegado a Nazur un viernes trece.
TenÃa trece perros que aullaban cuando habÃa luna llena. Un gato negro que se paseaba por el tejado y una familia de lechuzas anidaban en su propiedad.
Jazim usaba un turbante de seda recamado con trece piedras de color carmÃn. Definitivamente el trece era su número preferido ya que era el hijo numero trece de una familia de trece hermanos.
Jazim también habÃa notado la hermosura de la princesa Sarina, y a pesar de estar enamorado de la princesa, no se consideraba digno de proponerle matrimonio ya que por sus venas no corrÃa sangre real.
Un dÃa de primavera, el rey preparó su carruaje y junto a su hija Sarina partió en la búsqueda de un prÃncipe para esposo de su hija y heredero de su reino. Dejó entonces, el gobierno en manos de Badur y se alejó sin saber cuando regresarÃa.
Ocurrió que a las pocas semanas, Badur enfermó gravemente. Jazim, el jóven médico, empleó todos sus conocimientos en tratar de salvarlo, pero nada resultó efectivo y el buen Badur murió.
Esta circunstancia fue aprovechada por Ischilé, la hechicera del pueblo, para desacreditar al joven médico ya que desde que Jazim se instaló en Nazur, Ischilé habÃa perdido la totalidad de su clientela.
Ischilé comenzó a tejer toda clase de habladurÃa y chismes en contra de Jazim.
Desparramó calumnias y mentiras y luego se dedicó a instalar creencias estúpidas y supercherÃas entre los pobladores. Culpó a Jazim de la muerte de Badur poniendo como causa del deceso la preferencia de Jazim por el número trece. Según ella, el siniestro número era provocador de toda suerte de infortunios y desgracias.
Los habitantes de Nazur, hasta ese momento, un pueblo próspero e inteligente, se transformó de la noche a la mañana en supersticioso y agorero gracias a las invenciones de la hechicera.
De allà en más vivieron todos pendientes de la mala suerte y para contrarrestarla se colgaban toda clase de talismanes y amuletos que Ischilé les proporcionaba a cambio de un jugoso pago.
El número trece que hasta ese momento no era más que un número, pasó a ser sÃmbolo de mala suerte. Se allà en más, jamás se sentaban trece personas a la mesa, ni construÃan una casa con trece ventanas. Las mujeres cuidaban de no tener prendas con trece botones o collares con trece pendientes. Tampoco tenÃan trece gallinas, ni trece vacas.
Cuando el número trece se asociaba con el dÃa viernes, las posibilidades de sufrir desdichas se multiplicaba de manera superlativa. Entonces, la mayorÃa de los habitantes de Nazur se quedaban encerrados en sus casas. No iban a trabajar. No alimentaban al ganado y tampoco cuidaban sus campos.
Pero Ischilé no solo arremetó contra el número trece. La hechicera continuó instalando nuevas supercherÃas para provocar miedo y obtener poder sobre los aterrorizados pobladores.
A partir de ese momento, cualquier acontecimiento o acto por simple que fuera podÃa llegar a tener consecuencias funestas: Pasar por debajo de una escalera, podÃa tener efectos gravÃsimos. Ver una lechuza significaba la muerte de algún familiar. Un gato negro, enfermedades. Derramar sal, la pérdida de la fortuna. Romper un espejo, siete años de mala suerte. Si un perro aullaba por las noches, era porque habÃa visto un alma en pena.
Ningún habitante de Nazur se bajaba de la cama sin apoyar primero el pié derecho. Ni subÃa una escalera o trepaba a un banco o a un carruaje con el pie izquierdo.
Los niños no padecÃan intoxicación alguna sino que se empachaban.
Nadie sufrÃa de dolor de cabeza sino que estaba ojeado, debido a que alguien con mirada poderosa o envidioso le habÃa hecho mal de ojo.
Los pobladores usaban rabos de conejo o colmillos de lobo colgados del cuello. En las casas habÃa ristras de ajo para espantar a los vampiros. Cintas rojas para ahuyentar a los envidiosos y plantas de ruda macho para contrarrestar calamidades. Todas esas supersticiones absurdas eran difundidas por la astuta Ischilé.
Mientras estos cambios ocurrÃan en Nazur, Nazurino y la princesa Sarina continuaban su recorrido visitando castillos y palacios en comarcas lejanas sin encontrar un candidato capaz de atraer la atención de la princesa. El rey no entendÃa porqué Sarina rechazaba a cada uno de los riquÃsimos prÃncipes que se acercaban a pedir su mano.
Cuando habÃa pasado más de un año, Nazurino se encontró con un mercader de seda que le relató los cambios que estaban afectando su reino. El comerciante le contó de la muerte del buen Badur, que Jazim estaba sumido en la pobreza por culpa de esa infortunada desgracia y que Ischilé dominaba al pueblo instalando supersticiones absurdas.
Sarina al escuchar las noticias se largó a llorar desconsoladamente y confesó su amor por Jazim. El rey se alegró y comprendió los sentimientos de su hija. SentÃa una gran simpatÃa por el médico y lo único que le interesaba era ver feliz a Sarina.
El rey, ni lerdo ni perezoso, decidió apurar el regreso a su reino. Pero decidió matar dos pájaros de un tiro: Casar a Sarina con Jazim y acabar de una vez con las supersticiones de su pueblo.
Eligió un dÃa viernes trece para su regreso. La princesa se colocó un collar con trece pendientes y una corona con trece flores. El rey se vistió con un traje con trece botones. Al carruaje lo acompañaban trece caballos blancos.
Mandó mensajeros a ordenar los preparativos para su llegada ordenando que todo el pueblo estuviera frente al palacio para celebrar su regreso. Y que Jazim se vistiera con sus mejores galas para recibirlo.
Los sirvientes entraron en pánico de solo pensar en el número trece, pero una orden del rey no podÃa ser desobedecida.
Los habitantes de Nazur, muertos de miedo, esperaban la llegada del rey. Cuando vieron el carruaje con trece caballos temblaron espantados ante la posibilidad de una desgracia próxima.
El rey y la princesa bajaron del carruaje y se instalaron frente al palacio. Le pidieron a Jazim que se acercara y el rey le preguntó si aceptaba a Sarina por esposa. Jazim no podÃa creer lo que sus oÃdos escuchaban. Respondió: - Mi rey, no hay nada en la vida que pueda hacerme más feliz que tener a la princesa Sarina por esposa.
Entonces,- dijo el rey, -Hoy mismo celebraremos la boda.
Los habitantes de Nazur lentamente abandonaron algunas de las supersticiones. Sarina y Jazim se casaron y vivieron felices el resto de su vida.
Fin

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